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LOS MUERTOS DEL KENIEN’KÉHACCA

La historia comienza a partir de la imagen adjunta. Este es un primer capítulo de una historia que mi yo del pasado ideó. Una que estaba ya en el olvido. A decir verdad, no recuerdo haberla escrito. El archivo, perdido en mi Dropbox de proyectos empezados, contiene este capítulo y algunos párrafos de un segundo.…

La historia comienza a partir de la imagen adjunta.

Este es un primer capítulo de una historia que mi yo del pasado ideó. Una que estaba ya en el olvido.

A decir verdad, no recuerdo haberla escrito. El archivo, perdido en mi Dropbox de proyectos empezados, contiene este capítulo y algunos párrafos de un segundo.

Tiene fecha de enero del 2019, así que no coincide con mi fase de vaqueros. Para más información, habrá que resignarse, pues no hay más.

¿Cómo continúa o de qué se trata? Ni idea. Pero disfruté leyéndolo, y tú también podrías hacerlo.

Imagen generada con IA

La distancia no logró acallar el estruendoso ladrido de los revólveres. Uno a uno, los claros uniformes de los oficiales del gobierno tiñeron sus solapas de carmesí, dejando una secuela poco prometedora de la mano de sus portadores. Los hombres del bando contrario reían acaloradamente al momento en que descargaban sus cargadores para, acto seguido, continuar con las municiones en sus cananas.

En menos de 5 minutos todo quedó en la más absoluta calma. La risa de los hombres se alejaba a la par de sus caballos. El carruaje que los uniformados recelaban con tanto esmero había desaparecido. En su lugar, un par de huellas ininterrumpidas seguía el rastro hacia el este, en un serpenteante recorrido. Los buitres, llamados por la atronador sinfonía, revoloteaban en el cielo ganando contra el sol. Los coyotes hicieron lo propio, esperando extasiarse de la carne de los hombres. Una silueta en la colina, se acercó también.

La figura se dibujaba a medida que se acercaba. Su sombrero Stetson fue lo primero en quedar definido después de su caballo. Un relincho nervioso salió de la boca del animal, por lo que la figura bajó y lo ató a un matojo cercano, no era una gran carrera a pie pero el sigilo fue su antecesor. Los animales de tierra gruñían desconfiados a la figura presente, salvo que éste los miraba sin ningún tapujo. Un lucero en la oscuridad centellaba a la bestias, dejando tras de sí un ahumadero amargo que evitaba su proximidad más inmediata.

Posóse en cuclillas la figura frente a uno de los caídos, y con manos ligeras consiguió un par de dólares para sí. Del bolsillo de otro consiguió un reloj de bolsillo de una mediana calidad, y un par de puros de la chaqueta de otro. Los carroñeros en el aire descendían a luchar por los restos, siendo que el hombre tenía las de ganar. Bastó un rugido de su Colt para que las bestias se alejaran corriendo y volando tan rápido como sus extremidades se los permitieron. Retomando su tarea, hizo un hallazgo amigable en la bota de otro: un puñal de acero con mango de marfil de muy buena calidad.

No fue sino hasta la séptima pesquisa que encontró algo que no esperaba. Cuando posó sus manos en el cuerpo y levantó la solapa de la chaqueta del muerto, este resopló fuertemente y emitió un lamento. Fue tal la sorpresa del hombre que, sin darse tiempo a pensar, dio un culatazo en la sien del caído, dejándolo doblemente muerto, sin embargo, éste aún respiraba. Largo rato se debatió qué hacer, pero poco podría hacerse por un hombre que empapaba su camisa con tanta abundancia. Lo dejó entonces un momento y fue a revisar otros cadáveres.

Para cuando el moribundo abrió los ojos se encontraba maniatado sobre un caballo que caminaba a la par de un hombre. No sintió el peso de su rifle, ni tampoco el bulto en su bolsillo, pues ambos habían desaparecido. Un solo lamento emitió aquel, pero no obtuvo respuesta. No hubo intercambio de palabras durante mucho tiempo. El sol estaba ya calentando las colinas para cuando tocaron agua. El caballo, fiel a sus instintos, resopló de miedo al verse en la situación de cruzar un caudal de tal envergadura. 15 metros los separaban del otro lado del camino, así que el hombre no dudó, y haló con fuerza las riendas obligando al animal a adentrarse en el apenas profundo riachuelo.

—Descuide usted, amigo —dijo una voz ronca y grave frente al caballo. —A unas cuantas millas se encuentra Hillgravel. Ahí podrá usted descansar.

—¿Quién es usted? —preguntó en un murmullo apenas audible.

O no del todo, pues su bienhechor no respondió. A esto le siguieron un par de horas en silencio, interrumpido algunas veces por el sonido de guijarros cayendo o el viento soplando.

Un sonido diferente llegó a oídos de los hombres cuando el terreno se volvió más terco. Las rocas chocaban con los cascos del animal, inundando el ambiente de un caótico canto, choque que ocasionaba que se anduviera dando tumbos disminuyendo el paso a una velocidad poco perceptible para un hombre cuyos ojos permanecían cerrados del cansancio.

—Oiga, no es buena idea que duerma en un momento así —advirtió el bienhechor.

El moribundo estuvo a punto de objetar, pero el sonido de una explosión proveniente de lejos lo detuvo. Fue tan extraño el suceso que ambos hombres se sobresaltaron.

—¿Qué fue eso? —preguntó el moribundo al encontrar algo de fuerza.

—Hillgravel. Parece que nos da la bienvenida.

El hombre sobre el caballo intentó mirar hacia adelante, pero estaba muy bien sujeto a la silla. Además, no logró abrir sus párpados.

—Desentiéndase de una vez. Tengo amistades allá en el pueblo que seguro lo van a ayudar.

Efectivamente, bastó con un disparo al aire para que algunos habitantes salieran a su encuentro. Un par de jinetes se acercaron al origen del disparo y el hombre lanzó un silbido tal, que ensordeció al moribundo. Medio minuto después la tercia de hombres reventaba en saludos jubilosos.

—¿Quién es? —preguntó uno de los jinetes.

—Un soldado que va a darme la información que necesito —contestó el bienhechor. —Llévalo con el doctor y dile a José que atienda a mi caballo.

Uno de los jinetes sujetó la brida de la yegua del bienhechor a su silla y en ese momento, dos caballos se lanzaron al galope. El buen hombre subió al caballo del segundo jinete y éste hizo trotar a su montura.

—¿Qué le pasó en la oreja? —preguntó inocentemente el vaquero buscando conversación. El hombre rió.

—Me encontré con un viejo amigo allá por la frontera. Me regaló un nuevo agujero y yo le devolví el obsequio —dijo el hombre, levantando su revólver. —Necesitará un nuevo sombrero.

—¿Lo mató?

—No me detuve a ver si estaba bien. Llevaba prisa para atrapar a unos cuatreros.

—¡Caray! A veces me pregunto quién es más sanguinario: si usted o los bandidos.

El hombre sólo rió. Estaba acostumbrado a los comentarios de las buenas gentes del valle, En especial de sus vecinos. Un hombre que recelaba tanto su privacidad siempre causa que las lenguas hables sandeces. No por ello el nombre de John Billby era menos conocido, sino todo lo contrario. El hombre era asiduo a la intemperie, diestro en el uso del revólver y con temple glaciar. El hombre giró su rostro hacia el pueblo. Su ganchuda nariz apuntaba su viejo hogar: una pila de escombros quemados en donde en algún tiempo vivió junto a su mujer. Desprovisto de habitación no tuvo más remedio que el de habitar en las llanuras, buscando a los responsables del incendio. Su mujer no encontró más descanso que en el cementerio local.

Cuando alcanzaron la calzada del pueblo, un disparo rompió el ambiente y ambos hombres se lanzaron al suelo. Los ojos de Billby escudriñaron la calle y una segunda llamarada reveló la posición del tirador.

—¡John! —gritó alguien agazapado tras un muro de la cantina. —Que me parta un rayo si no eres tú, vieja rata del desierto.

Aprovechando la pausa entre disparos, el hombre había logrado arrastrarse hasta una pila de madera al lado de la banqueta de madera, cruzando la calle. El jinete hizo lo propio, aunque no encontró mejor cobertura que un gran barril a un lado de la whiskería. Ambos tenían ya en mano su Colt, pero esperaron la resolución de la charla antes de lanzar plomo.

—¡Maldito pajarraco! —gruñó entre dientes John. —¡Will, ¿qué estás haciendo aquí?!

—¡Hahaha! —rió estruendosamente el tirador. —¡Sabía que algún día te encontraría!

Un disparo impactó a varios metros de donde se ubicaba John, revelando que el tirador no tenía idea de cuál cobertura había elegido.

—Ese era un sombrero muy caro, John —retó el tirador. —Contando los intereses me debes 15 dólares.

—Estás loco, Will —respondió John tranquilamente. —Si tanto quieres algo en la cabeza tengo una bala que te calzará perfecto, cabeza de chorlito.

—No John. Me temo que esta vez seré yo el ganador.

Un segundo disparo impactó en una de las esquinas del almacen. Will Hawke rió cruelmente mientras muchos otros disparos salían de su arma. Uno, dos, tres. John contaba los proyectiles esperando su oportunidad. Para cuando el sexto tiro fue disparado, el hombre se lanzó como un cohete hacia la cantina, sin embargo, no contaba con que su interlocutor mantuviese dos lenguas. Hawke se levantó con un arma en cada mano y encaró a Billby. El hombre apenas tuvo tiempo de reaccionar, aunque lo intrigó el hecho de que todos los disparos se dirigían hacia sus pies. Retomando cobertura, esta vez tras un peñasco cercano, John habló.

—Basta de trucos, Will. ¿Buscas dinero, o es que me buscas a mí?

Una pausa le pareció demasiado larga a Billby. Levantó su cabeza para ver el panorama y le sorprendió la calma que se proyectaba en la calle. Miró al jinete amigo buscando una explicación, pero éste sólo negó con la cabeza en señal de desconocimiento. Sintiéndose más seguro, se levantó poco a poco, como esperando otro ataque, pero nada pasó. Estaba ya en pie cuando Will lo tomó de los hombros, lo giró y le impactó un poderoso derechazo en la mandíbula.

John cayó de bruces en la grava del terreno, mientras se sostenía la zona del impacto. Will apuntó su arma contra el hombre y rió victorioso.

—Tal vez tengas razón —accedió Will.

Se acercó al caído y le arrebató el sombrero, calzándoselo en la cabeza un segundo después.

—La próxima vez que quieras matarme, apunta bien.

Le sonrió maliciosamente y haló el gatillo. La bala impactó un costado de la mejilla de John. Éste miró directamente dentro del arma, un segundo más y una bala impactaría entre sus ojos. Se oyó un disparo y Will se lanzó adolorido hacia atrás. El jinete había salido de su cobertura y había arremetido contra el tirador. De mala puntería, la bala impactó en un muslo de Will, rozándole la carne y dejando un hueco en su chaparrera. John aprovechó el momento para taclear a su rival y, teniéndolo en el piso bajo su peso, le asestó varios puñetazos en el rostro. El pobre hombre no resistió más allá del segundo y estaba inconsciente cuando el tercero le rompió el labio.

El jinete se acercó corriendo a socorrer a su amigo, pero éste estaba ya de pié cuando lo alcanzó.

—¿Está bien, patrón?

—Por poco, sí —respondió jadeando. —Muchas gracias, Ben.

Poco tuvo que agacharse para recuperar su sombrero, el cual se colocó rápidamente.

—¿Están todo bien? —preguntó una mujer cuando llegó hasta los hombres. —John, por Dios, ¿has matado a este hombre?

—Muriel —respingó el jinete. —¿Qué no ves que aún respira?

La gente comenzó a arremolinarse alrededor de ellos. Pronto fue el alguacil quién, anteponiendo su autoridad, arrempujaba a sus vecinos para estar frente a la escena. El regordete hombre se limitó a agacharse para ver mejor a Will y a dar una mirada de reprimenda a John. Realmente no hizo mucho más. Tanto es así que fue el mismo Billby quién le ordenó arrestar al hombre que parecía recobrar la consciencia.

El alguacil obedeció a regañadientes y, poniendo en pie añ atacante, se lo llevó a encerrar mientras éste lanzaba mil y una amenazas. John lo ignoró, y se dirigió a la cantina. El jinete lo siguió de cerca. Ambos se sentaron frente a la barra con todo el público entrando disimuladamente para ver su reacción.

El cantinero se acercó un tanto temeroso, pero su preocupación se disipó cuando John se recargó en la barra y se desperezó.

—Un Whiskey doble para mí —dijo Billby.

—¿No vas a ir a ver al soldado? —preguntó el jinete.

El barman sirvió en un vaso el brebaje y John casi se lo bebe en un trago. A continuación hizo un gesto y golpeó la barra con su palma. Suspiró y respondió.

—No hace falta. El pobre hombre debe estar muy cansado.

—Pero…

—Y si fuera muy grave Hilldo vendría corriendo a avisarme.

En ese momento se abrieron las puertas y apareció un hombre alto y delgado. Su semblante era despreocupado, aunque su mandíbula temblase. El hombre se acercó confiado hasta los hombres de la barra y se sentó junto al más viejo. Golpeó la barra un par de veces y el cantinero le sirvió un Whiskey, el cual bebió con esmero.

—Hablando del diablo —dijo al fin Billby. —Hilldo, ¿cómo está el soldado?

—Todo bien, patrón. Perdió mucha sangre, pero el doctor dice que se recuperará. Es un milagro que sepa usted tanto de vendajes.

—Sólo le até mi pañuelo al hombro —dijo Billby tras una risilla. —espero que me lo hayas traído.

El larguirucho se encogió de hombros y se concentró en su vaso vacío. La gente en la entrada, al ver que ya todo había pasado, regresó a sus actividades. La mitad salió del establecimiento, mientras que otros tantos entraban y pedían licor. Un grupo reducido regresaba a la mesa de póquer en donde dejaron una partida a medio terminar.

El jinete miró a su patrón con desconcierto visiblemente marcado en su redondo rostro moreno. Los ojos de su patrón se posaron en el muchacho, quién estaba deseoso de enterarse de su plan. Aquellos ojos marrones denotaban el verdadero ánimo del jinete, quien se rascó un poco la maraña de pelo azabache antes de preguntar cualquier cosa al experimentado hombre.

—¿Qué sucede? —preguntó a Ben.

—No es nada —dijo temeroso. —De veras.

John lo miró largo rato, bebió otro sorbo de su licor y se acomodó en el asiento. Evidentemente algo aquejaba la joven mente del muchacho, pero no fue necesario indagar más. Al menos por el momento.

—¿Qué vas a hacer ahora? —preguntó al fin el larguirucho.

—¿Ahora? —repitió John. —Ahora voy a visitar a mi mujer. Después… tendré una charla con ese soldado.

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